Sara Curruchich es la primera mujer Kaqchikel en hacerse un hueco en la industria musical.
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Assembly

2 de mayo de 2019 | Volumen 1, Edición 11
  Nota de la editora invitada:
¡Saludos lectores de Assembly! Soy Emma, la estudiante y pasante de la editorial que ha estado ayudando a llevar a Assembly a su buzón estos últimos meses.

Lo que me atrajo a Assembly fue mi pasión por la narrativa, por galvanizar a las niñas en todo el mundo, y por dedicarme a trabajo con significado. Creo en el atributo excepcional de la pasión. Nos empuja a dar lo mejor de nosotros mismos, a desafiar las probabilidades, a cambiar nuestras comunidades y a seguir nuestros sueños.

Así que hoy estoy muy entusiasmada de que conozcan a Sara Curruchich, una cantautora Kaqchikel de 25 años de edad de una área rural de Guatemala. A través de su música, Sara aborda el tema de la discriminación sistemática contra las mujeres indígenas como ella. Este artículo tiene un lugar muy especial en mi corazón porque viví en Guatemala durante 6 años.

Cada semana después de trabajar en Assembly, frecuentemente salgo de la oficina y me pellizco. Estoy tan agradecida de poder vivir mi pasión como parte de una red global de chicas y mujeres que están cambiando cambiando el mundo.

Espero que disfruten esta edición.
Emma
 
 
Q&A
 
 
 
Melodías de resistencia en Guatemala: la artista Kaqchikel alzando su voz a través de sus canciones
Sara
  Por Emma Yee Yick
Cuando Sara Curruchich canta, ella no sólo canta para sí misma, sino para todas las generaciones de mujeres indígenas que llegaron antes de ella, y para las generaciones que vendrán. Sara es Kaqchikel, un pueblo originario Maya de las sierras del medio oeste de Guatemala. A través de su música, ella celebra su herencia indígena y destaca la resiliencia de sus “ancestras” ante la opresión.

“No quería repetir todo lo que escuchaba en la radio,” comenta la artista de 25 años sobre su música. Sara espera que sus canciones desafíen lo que la sociedad espera de las mujeres indígenas y reafirmen su valor en la sociedad guatemalteca.“Tenemos una triple discriminación: por ser mujeres, por ser mujeres indígenas, y por ser mujeres indígenas pobres,” comparte Sara.

En Guatemala, el 79% de las personas indígenas viven en pobreza. La falta de oportunidades educativas, la pobreza sistémica y las normas del género en especial limitan a las mujeres que viven en áreas rurales como Sara. En su comunidad Kaqchikel, Sara dice que la mayoría de las mujeres se vuelven esposas, mamás y muchachas (trabajadoras domésticas). Los padres suplican que sus hijas se queden en casa para cuidar a sus hermanos menores o que empiezen a ganar un sueldo vendiendo baratijas en las calles o limpiando casas en la Ciudad de Guatemala.

Pero los papás de Sara querían más para su hija y la alentaron a imaginar un futuro distinto. Usando el poco dinero que su mamá había recaudado siendo muchacha, Sara pudo asistir a un colegio público en la capital para estudiar música. Empezó a escribir canciones en su lenguaje nativo kaqchikel, sobre la madre tierra y los animales, sobre sus “ancestras” y su pueblo, sobre las mujeres indígenas y su fuerza.

El momento que arrancó su carrera fue en el 2012, cuando Sobrevivencia, una banda Maya popular de rock la invitó a cantar en uno de sus conciertos. Desde entonces, su carrera se destacó en Guatemala y pronto, alrededor del mundo. Ahora, Sara ha realizado conciertos por toda Europa, en las Naciones Unidas y con grupos destacados como el Dresdner Philharmonie — pero, sus escenarios preferidos se encuentran en casa, en Guatemala, donde canta sin cargo en pueblos como el suyo.

Ante el lanzamiento de su primer álbum, “Somos,” en junio, hablé con Sara sobre homenajear sus raíces, el proceso creativo musical, y cómo apoya a otras voces indígenas.

Emma Yee Yick (EYY): ¿De dónde proviene tu amor por la música?
Sara Curruchich (SC):
Desde que tengo memoria, que es hace mucho tiempo, siempre disfrutaba cantar. Acompañaba mucho a mi mamá a lavar ropa de otra gente a otras casas. Yo escuchaba que mi mamá por ejemplo comenzaba a silbar o a cantar algo. Me gustaba ver lo contenta que estaba cuando silbaba o tarareaba entonces me gustaba bastante.

En el caso de mi papá, él tenía una guitarra y sabía tocarla. Cuando supo cuánto me gustaba la música, me llamaba a la sala por la noche, y me decía, "¡Cantemos!" Recuerdo que mi papá ponía una vela en la sala y nos sentábamos, y mi papá tocaba la guitarra y yo cantaba. Y fue así durante muchas, muchas noches.

En ese tiempo ya fui a la escuelita de primaria. Teníamos solo 15 minutos de música, una vez a la semana — pero me encantaba y era la clase que más esperaba. Desde allí ya sabía lo que quería hacer: yo quería ser maestra de música.

Cuando tenía nueve años mi papá murió entonces eso fue un golpe grandísimo, grandísimo para toda mi familia y para mi. Yo ya no tenía con quien cantar entonces como que hubo una ruptura muy grande porque pues entre en mudo y yo no quería saber nada de cantar, me recordaba de mi papá.

Pasaron los años y cuando logre estudiar música, mi objetivo siempre fue ser maestra de música, yo no quería cantar nada. En el 2009 comencé a estudiar la carrera de música, en el 2011, comencé a sentir que a través de la música y a través del canto yo podía hablarles a mis muertos, sobre todo a mi papa. Sentía que me conectaba mucho con el. Comencé a cantar en ese entonces y empecé a escribir algunas cositas.

EYY: Cuéntame un poco sobre tu música.
SC:
El año pasado grabé mi primer disco, todavía no lo he compartido, espere que este año en junio lo vayamos a hacer. Ya nos catalogaban como género dentro del “World Music” o como “Etno-Music” porque he tratado de hacer esa fusión entre música tradicional de Guatemala con instrumentos contemporáneas y sonidos contemporáneos.

Yo canto en mi idioma, el kaqchikel. Cuando empecé, escribí mi primera canción en kaqchikel con cierto temor, ya que, por razones estructurales, el racismo está muy enraizado en todo nuestro país. Comencé a cantar en mi idioma, y a escribir y componer porque vi la necesidad y la importancia de rescatar nuestros idiomas, mi idioma específicamente, a través de la música. La música hace reflexionar quizás un poquito más que cuando tu le hablas a una niña o un niño de lo importante que es. Si escuchan una canción y ven que alguien mas lo esta haciendo [cantando en kaqchikel] piensan que también lo pueden hacer y que tienen el derecho de hacerlo. Entienden que no está mal y empiezan a valorizarlo otra vez. Entonces yo comencé a escribir en español, en kaqchikel, haciendo canciones solamente en Español, solamente en kaqchikel y algunas fusionando ambas idiomas porque creo que la música es un canal para reafirmar nuestra identidad y los conocimientos ancestrales de nuestros pueblos.

EYY: ¿Cuál es tu misión como artista?
SC:
Mi misión es compartir con las niñas y niños el hecho de que nosotros como pueblos indígenas existimos. Y existimos en una manera muy grande de resistencia también. Mi misión es compartir con las personas que la historia no comienza y termina con: "Los españoles vinieron y nos dieron espejitos y fin." Yo creo que puedo compartir esta historia a través de la música, esa memoria histórica siendo una mujer indígena.

Me he dado cuenta que el nivel de discriminación, de rechazo, de las faltas de oportunidades es mucho más grande a nosotras como mujeres indígenas. Tenemos una triple discriminación: por ser mujeres, por ser mujeres indígenas, y por ser mujeres indígenas pobres.

Me he encontrado en situaciones donde he llegado a algún lugar para uno de mis conciertos en la capital [Ciudad de Guatemala], y con frecuencia escucho a la gente que dice, "Se va a cambiar de ropa, ¿verdad?" Porque no esperan que una mujer indígena suba o que tenga un espacio en el que pueda desarrollarse. Ellos creen que la única misión de una mujer indígena en la vida, o en este país es ir a limpiar en las casas de otros. O ir a tortear. Quiero enfatizar acá que estos son trabajos realmente dignos. Esas mujeres son admirables, porque han tenido que luchar bastante. El problema está en que la sociedad ve que eso es nuestro único camino, nuestro único destino.

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